Bugs and lights

2017-05-21T00:00:00Z | 2017-05-23T00:00:00Z

— ¡Oh!, exclamó una mujer mientras Juan Carlos Manzanero entraba bruscamente al baño de la comisaría.

— Quita esa cara confundida, no le queda bien a un hombre grande como tú, Juan Carlos Manzanero nunca ha sido descrito como una persona pequeña o débil.

— ¿Qué hago aquí? muy fácil, el baño de mujeres es un desastre, aunque el baño de hombres también deja mucho que desear, dijo la mujer mientras miraba lentamente a su alrededor.

Juan Carlos Manzanero, intentando recuperarse de la sorpresa empezó a ser consciente de su alrededor, ciertamente no era el mejor baño al que había entrado. El baño se encontraba en el segundo piso, obligándolo a subir un par de escaleras antes de poder abrir la puerta, ya no gozaba de la misma condición física que solía presumir hace unos años, así que cuando abrió la puerta se metió una bocanada de aire que lo dejó aturdido.

Las paredes color verde pistache claramente necesitaban una limpiada y otra mano de pintura, los focos alargados del techo parpadeaban y aparentaban poca vida dentro, el color original de las puertas erá un misterio para el, parecían tener seguros oxidados y manchas viejas que no dejaban clara su procedencia.

— ¿Es una situación curiosa no lo crees?, yo aquí dentro, rompiendo las reglas, aunque si lo piensas un poco, ¿qué representa ese letrero? ¿pantalones contra faldas? yo traigo un pantalón, así que tengo derecho de estar aquí.

Juan Carlos Manzanero no se sentía muy bien, sus manos temblaban y su vista estaba nublada, días calientes como aquel lo aturdían, pero alcanzó a notar la pistola que tenía amarrada la mujer que tenía enfrente, su uniforme azul y desgastado no favorecía su figura, pero ella lo portaba con la comodidad de alguien que se resigno a utilizar algo incómodo por mucho tiempo.

— ¡Escúchame! justificándome como un criminal cualquiera, dijo la mujer mientras se le dibujaba una pequeña sonrisa en la cara.

— Espera un momento, ¿tu eres el padre del chavo de allá dentro? ... ¡Charly! bueno que te puedo decir, todos cometen errores, pero ciertamente tu hijo cometió uno muy grande. Pero no te sientas culpable hombre, los padres no pueden tener culpa de todo, si de varias cosas, pero ciertamente no de todas.

— En fin, mi trabajo aquí ha terminado, dijo con una risilla mientras se terminaba de secarse las manos con el aparato de aire caliente.

— Surte a tu hijo allá fuera, Juan Carlos Manzanero nunca ha sido reconocido por demostrar sus emociones ante la gente, en ese momento, mientras la señora le daba una palmada en el hombro, cualquiera pudo haber notado su enojo y descontento, el intercambio le había hecho olvidar la razón por la que estaba en el baño, aunque en cuanto se cerro la puerta detrás de el, su pesada tos se lo recordó.

Agachado sobre el lavabo empezó a toser violentamente, su garganta estaba seca, abrió la manija y el agua empezó a salir en intervalos irregulares. Intentó calmarse frotándose sus manos mojadas alrededor del cuello y peinando su cabello hacia atrás, el calor era insoportable. Se miro calmadamente en el espejo sucio que deformaba su cara, ¿o esa era su cara? ya no estaba seguro.

Un espasmo sacudió su cuerpo y tosió hacia el espejo, en medio de su cara a la altura de los ojos quedó una mancha de saliva y sangre, acerco su cara para analizar lo que acababa de pasar, y se echó hacia atrás instintivamente, pequeños puntos blancos se movían en el espejo, pequeñas larvas que nadaban las gotas de su sangre. Se frotó los ojos un poco mas fuerte de lo que debería, puntos blancos invadieron su visión.

Abrió la puerta del cubículo detrás de el, dejo caer sus pesados pantalones de mezclilla a sus tobillos y se sentó en la tasa caliente. Sostuvo su cabeza entre sus manos, confundiendo el sudor con el agua que se había puesto hace un momento, se alcanzaba a escuchar el sonido de una mosca volando cerca, aunque no podía identificar bien dónde estaba. Dio un manotazo al papel de baño que estaba a su derecha, corto una tira y se la puso en la cara para limpiarse la nariz, la extendió enfrente para ver sus resultados cuando dos pequeños bichos alados volaron hacia su ojo izquierdo. Agitó la cabeza mientras tiraba la tira de papel y se manoteaba la cabeza desesperadamente.

Empezó a respirar pausadamente, con fuerza, un truco que había aprendido en algún momento de su vida, de esas cosas que has escuchado miles de veces y no les haces caso hasta que lo intentas, te funciona, e intentas convencer a alguien mas de intentarlo. Recordó ese día, mientras salía de excursión con su esposa y su hijo, a una pequeña explanada dónde las familias iban a pasar tiempo de calidad.

Una pequeña niña, aproximadamente de la misma edad de su hijo corría por todos lados intentando recolectar la mayor cantidad de ramitas para su castillo, mientras todos a su alrededor la veían con una sonrisa en su cara. Noto como su hijo inmediatamente dejó de poner atención a todo lo demás, su madre perdió cualquier esperanza de que la ayudara a poner la manta en el suelo donde planeaban sentarse, y con dulzura le preguntó, — ¿Por qué no la ayudas? — Su hijo salió corriendo a presentarse con ella.

— Hola! mi nombre es Carlos, mis papas me dicen Charly de cariño, encontré esta rama por allá, ¿te gustá?.

Juan Carlos Manzanero nunca fue conocido por ser un ser sociable, sin embargo a su hijo se le daba fácilmente, característica que probablemente había sacado de su madre. Recordaba el mismo zumbido que escuchaba en este momento, un zumbido que sonaba a violencia, como el día que atrapó un avispón dentro de un frasco de vidrio, lo agito, notaba el enojo del avispón, y guiado por el miedo siguió agitando, agitando el frasco mientras el zumbido se volvía más fuerte, zumbaba y zumbaba, haciendo vibrar el frasco. Por un momento Juan Carlos Manzanero pensó que el frasco se rompería, que el avispón saldría y lo picaría en los ojos, en la boca, gritando de miedo, gritando por el dolor que imaginaba Juan Carlos Manzanero seguía agitando el frasco, hasta que el frasco dejo de zumbar, lentamente levantó el frasco a la altura de sus ojos y se dio cuenta, el avispón yacía muerto en el fondo del frasco.

El grito de su hijo en medio de la explanada interrumpió sus recuerdos, corrió junto con los padres de la niña hacia donde venían los gritos, la sombra del un enorme árbol cubría a los pequeños, mientras su hijo gritaba.

— !Déjenla, déjenla!, mientras dejaba caer con fuerza un palo hacia el estomago de la niña. La madre de la niña grito de terror, su hija estaba bajo una nube de avispones, picándola a ella y a su hijo sin ningún tipo de piedad. Zumbando con fuerza, con libertad, picaban y volaban, escapando de los miedosos abanicos de su hijo. Cuando los alcanzaron ya era demasiado tarde, la niña tenia la cara cubierta de piquetes, y parecía no respirar.

Cinco días después Juan Carlos Manzanero acompañado por su hijo y su esposa fue a testificar, la niña había muerto casi inmediatamente, con el tiempo necesario para dibujar una mirada de terror en su cara. En ese momento, sentado en en un pequeño cubículo, en el baño más sucio que había visitado, Juan Carlos Manzanero empezó a llorar, jaló su pelo hacia atrás, con un intenso zumbido en la cabeza, puso lentamente sus palmas de las manos al frente, notando que sin querer, había desprendido varias cerdas de su cabello.

Sus manos empezaron a vibrar, y con horror se dio cuenta que tenia un enjambre de pequeños bichos enojados en las manos, zumbando furiosamente.

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