I have a plan

2017-05-13T00:00:00Z | 2018-03-09T00:00:00Z

El domingo en la tarde, justo después de la hora del brunch, entramos a un café

— Te vas a ir.

— Me voy a ir, le respondí empujando la puerta y dejándola pasar por debajo de mi brazo en un movimiento incómodo.

— ¿Y cuál es el plan?, ese día llevaba un vestido arriba de las rodillas.

— No tengo plan, dije, mientras escondía una sonrisa.

— Siempre tienes un plan.

— Tienes razón, tengo un plan, pero no te va a gustar.

— ¿Cuándo me han gustado tus planes?

— Recuerdo uno.

— No me gustan tus planes porque todos llevan a arruinar el plan que me gusta.

El barista se nos quedó viendo, no me quedaba claro si quería escuchar mi plan o solo quería escuchar mi pedido. El sol entraba por las enormes ventanas de la cafetería "Dosis", alumbrando a los solitarios que buscaban un lugar donde poder trabajar, o a las reuniones incómodas de negocios nuevos.

Se extendían tres mesas alargadas al fondo, tal vez en alguna época el concepto de mesa comunal forzaba relaciones entre desconocidos, pero ese día solo existían a través de una pantalla, audífonos o una libreta.

Ya está listo su cold brew, nos dijo el barista, sin ningún tipo de emoción en su voz.

— Mira, ya tengo mi boleto, le expliqué mientras nos sentábamos en una de las pequeñas mesas afuera. Volaré primero a Cancún, haré escala en Manchester y terminaré en Estocolmo, de ahí son 3 horas en carretera para llegar a la cabaña, los primeros días tendré solo un amigo, probablemente el tipo con el que me senté en la primera comida. Al segundo día comí con otro grupo, y él empezó a guardar su rencor, durante el resto de mi estancia conversamos poco y noté siempre su disgusto.

En el nuevo grupo estaba ella, al principio ninguno puso mucha atención al otro, fue hasta la tercera semana que ya todos eramos muy unidos. Un día nos dejaron solos en la sala y nos sentimos lo suficientemente cómodos para empezar a platicar. Me contó de su familia, su madre fría y su padre amable, comparando nuestras culturas, concluimos que el clima afectó a las personas a nuestro alrededor y cómo compartíamos el sentimiento de no pertenecer ni a su mundo frío, ni al mío caliente.

Esa noche fue la primera vez que olvidé por qué estaba ahí, dejé de pensar en el trabajo y me puse a pensar en ella. Al día siguiente me levanté temprano para poder sentarme junto a ella en el desayuno, ella se dio cuenta y con una sonrisa se sentó a mi lado.

Nos ofrecieron trabajos diferentes, pero lo suficientemente cercanos para empezar a buscar un departamento juntos, justificándonos con gastos y los altos precios de los Países Bajos. Años después juzgué mi juventud y estupidez de no apreciar y aceptar lo que teníamos desde un principio. Rentamos un pequeño departamento justo en medio del trayecto al trabajo de cada uno, teníamos un café enfrente al que íbamos casi diario, ella siempre pidiendo una bebida diferente y yo bailando entre la decisión de un café o té negro.

Un domingo mientras descansábamos en el departamento, yo todavía en pijamas y sin bañarme, salió del baño con una cara confundida sosteniendo una prueba de embarazo, y no es hasta que me la puso enfrente de la cara que entendí lo que estaba pasando. Ganábamos los dos más dinero del que necesitábamos, así que tomamos con tranquilidad la noticia. Platicamos con optimismo los buenos padres que seríamos y sobre cómo le inculcaríamos cultura, deporte y ciencia a nuestra primera criatura. Todo empezó a decaer en cuanto nos enteramos que tendríamos gemelos.

Fueron los meses más difíciles de nuestra vida hasta ese momento, empecé a extrañar mi país, empecé a extrañarte a ti. Nos peleábamos diario en la casa, yo tenía la esperanza de que el culpable fuera el embarazo, que en cuanto diera a luz, todo volvería a la normalidad; regresaríamos a ser la pareja joven en nuestro pequeño departamento, frente a la cafetería, platicando sobre el último libro que estábamos leyendo.

Nacieron los gemelos, el parecido con su madre era impresionante, ojos azules y claros, el pelo amarillo casi transparente, y la piel blanca aunque un poco tostada gracias a mis genes. Durante seis meses no dormimos juntos, nos peleábamos casi diario, nuestros amigos dejaron de querer salir con nosotros, hasta que llegó un punto en el que acordamos separarnos.

Tomó tiempo poder tener una relación en la cual nos comportáramos en la presencia del otro, ella logró soportarme demostrando una increíble frialdad cada vez que me veía y yo reservándome mis pensamientos. Los gemelos crecieron con ella, acostumbrándose a la frialdad de su madre hacia mí y encontrando una justificación en mi actitud reservada y débil hacia ella.

En cuanto estuvieron en edad para viajar, decidí traerlos a México en el invierno. El primer año fue un desastre, los llevé a mis helados favoritos a que probaran el de leche quemada con esperanzas de transmitirles el amor a mi país; ese día nadie pudo dormir, nos la pasamos turnándonos el baño para vomitar. Al día siguiente fuimos a una comida familiar en la que sus primos los ridiculizaron por no saber bien español o patear un balón de fútbol. Fuimos al centro para visitar Bellas Artes y caminar por Madero, pero el sol y la cantidad de gente fue demasiado para ellos y regresamos en taxi al hotel.

Nunca me quisieron volver a acompañar a México y en cuanto su madre se enteró de los acontecimientos, me prohibió volver a llevarlos. Intenté durante 10 años tener una vida en Estocolmo, pero la mayoría de mis amigos la habían escogido a ella, y mi trabajo cada vez se volvía más monótono y sin sentido. En cuanto pude jubilarme compre una propiedad en las afueras y puse un taller de madera en el cual empecé a construir todos mis muebles. Mis hijos empezaron a espaciar cada vez más sus visitas hasta que un día llegaron los dos a mi puerta a darme la noticia de que su madre había muerto, y que el funeral sería la siguiente semana. Lloré todo un día sentado en mi cama recordando nuestros primeros dos meses juntos, los más felices de toda mi vida, y cómo ahora todo parecía tan lejano e imposible.

Me presenté en el funeral bien vestido y arreglado, intentando dar una imagen de fortaleza que claramente me faltaba. Mis hijos llegaron cada uno con su respectiva pareja. Más tarde, mientras mis hijos iban al baño, me enteré de que llevaban más de un año juntos y que pensaban que el padre de sus novios llevaba muerto muchos años. En un movimiento torpe de una de las novias, noté un pequeño tatuaje de una swastika en su muñeca, ella, al notar mi mirada, me explicó con increíble naturalidad que los cuatro eran miembros del nuevo partido. Alarmado intenté hablar con uno de mis hijos para aclarar la situación, pero solo recibí una amenaza de su parte para no revelar mi ascendencia a ninguno de los presentes.

Ese día decidí regresar a México, pero ya nada de lo que recordaba estaba vivo o me recordaba a mí de regreso, afortunadamente tenía el suficiente dinero para pagar mi estancia en un asilo por el resto de mis días, en donde moriré solo.

— Odio este plan.

— ¿Qué te puedo decir?, es el mejor que tengo.

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